Yo también tengo un gato, con la salvedad de que no me llamo Schrödinger, el gato es negro, no conozco a ningún Rover y a que tengo la intención de rellenar unas cuantas líneas de esta Gaceta de UBIK con una reseña del presente relato, a pesar de que inicialmente mi tarea se reducía simplemente a escribir un editorial. Realmente hubiera preferido hablarles de mí, algo que además de considerarlo un tema muy interesante tiene la ventaja de soslayar la incómoda misión que me fue encomendada.

Como dije al principio, yo tengo un gato. Es un gato negro. Y tengo una hija. La niña es muy rápida, lo que me hizo temer por su temperatura corporal, sobre todo cuando dejé las hornillas encendidas para que se enfriaran y me quemé el meñique demostrando su frigidez. El gato aparece y desaparece de la puerta de mi casa, posesionado por el espíritu de un millón de ancestros que sólo sabían maullar y pelear por las noches. No tengo un perro llamado Rover, sólo tengo a Laika, cuyo nombre se lo debo a una pesadilla febril y a mis lecturas de un Almanaque Mundial. Laika no habla y su relación con los gatos dudosamente la calificaría de amistosa. Tampoco tengo una caja y el espejo a medio estañar lo habré botado en la última mudanza. Sin embargo, me puse a jugar a los dados, con la esperanza de que el fotón no errara su blanco. Laika entonces comenzó a ladrar muy fuerte y supe que había llegado el gato. Ahora debía esperar a ver si el gato entraba a través del enrejado de la puerta o si saltaba al interior del jardín por encima del muro. Como yo estaba de espaldas a la calle no podía tener la certeza del camino que tomaría el gato, para saberlo debía darme vuelta. Como la situación ya me estaba aburriendo me di la vuelta, el gato ya estaba adentro, sentado a pocos pasos (de gato) de mí, viéndome con sus extraños ojos amarillos. Sonreí pues no había probado nada, agarré los dados y los eché a la basura. Evidentemente mi diseño experimental resultó un fiasco, porque las condiciones finales de mi sistema serían siempre las mismas, sin importar el camino de entrada del gato, a menos que Laika interviniera con una nueva propuesta: tres mordiscos sobre un cuerpo inerte o la desaparición del gato.

Si leen con detenimiento el relato van a observar dos cosas interesantes: una primera parte del cuento y una segunda parte del cuento. La intervención de Rover actúa como puente entre ambas partes. Sutil, ¿no es cierto? Lo realmente catastrófico es el tono de la primera parte, la pareja en juego de palabras despidiéndose de su vida marital, o de su vida animal altamente organizada, estructurada en células y sus equilibrados organelos, reuniones sociales, tejidos, sueños, sexo, metafísica, defecaciones, besos, suspiros, tortas y bizcochos, sobretodos, sobre-nadas, entropía... Y se desintegran, víctimas de la desmembración, como la URSS, como Roma, como muchos de nosotros, de tantas sociedades, víctimas de la entropía. Y en esa parte, la primera, aparece el gato, de la nada, de la entropía ¿por supuesto? Como hace mi propio gato, maullar y saltar sobre mi ventana en el preciso instante en que alzo la vista y quedo petrificado por dos candelas que flotan en el oscuro vacío de la noche. Entonces, el gato se queda y tocan a la puerta. Llega Rover.

Tengo un amigo que debe ser millonario, porque apenas llega un verano y agarra un avión para Portugal. ¿Ya les dije que seguro que para Oporto? No lo creo. Antes de irse me dijo que un amigo suyo, físico o ingeniero en quién sabe que rama de la ingeniería, si se me permite irme por las ramas, se iba a dedicar a escribir un artículo sobre el cuento del gato de Schrödinger (para sus amigos, Erwin a secas). Claro, que el amigo de mi amigo se lo pensó muy bien y se escurrió el bulto, se lo sacudió y me cayó a mí. Mi amigo, el que está en Portugal, tampoco iba a escribir el artículo por varias razones: La primera es que se encuentra en Portugal, la segunda es que ya había hecho un gran trabajo en la traducción del cuento (lo tradujo de una edición en... ¡portugués! Vaya, vaya) y en tercer lugar, porque no quería mancillar su voluminoso historial de escritor con una obra menor. Bueno, entonces, resignado, tomo el cuento y me lo leo unas cien veces y descubro que el cuento trata sobre un gato y un perro. El gato es de Schrödinger y el perro es independiente, se llama Rover. Allí comienza la segunda parte. Dios juega a los dados con el universo, para tener certeza hay que tener certeza.

Cuando terminé de leer el cuento, luego de unas mil lecturas concienzudas, me determiné en realizar el experimento que describí anteriormente. Lo lamentable es que no resultó: Así que me dediqué a escribir otro cuento en el cual el gato obviara lo de la caja y lo de los dados y se dedicara con paciencia a cazar ratones. Entonces, casi por azar llegué a la conclusión que cualquier cosa que escribiera estaba a tono con el cuento, con lo que yo pensara del cuento, con UBIK, con las probabilidades, que sólo debía alzar la tapa y comprobar que yo no estaba allí, que nunca estuve aquí. Que si alguna vez existí, ya no me acuerdo. Al final desperté bañado en sudor y me observé en el espejo, mosaico de fotones reflejados, apenas tuve certeza de mi existencia, suspiré aliviado. Luego, bajé las escaleras, tomé un pesado libro y se lo lancé a mi gato cuando apareció en la ventana.

Ahora levanto la mano derecha y pulso la tecla enter para poner el punto Final.

 

 

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