Aquel muchacho malhumorado que era yo a los trece años no tenía la menor idea de las consecuencias que iba a tener sobre mi vida aquel librito de carátula azul que sostenía en mis manos. Me lo había prestado Ricardo Kowalski, un buen amigo y compañero de estudios, que ya hacía rato se había iniciado en la lectura de ciencia ficción.

Yo no podía entender la premura que tenía mi amigo Kowalski por que yo leyera el mencionado librito, intitulado El Fin de la Eternidad, ni tampoco el cáustico comentario que hizo en torno a mi ignorancia literaria. Sépase que para esa época, 1984, él y yo conformabamos el clan de los intelectualoides del colegio, a pesar de estar apenas en segundo año, y nos preciábamos de nuestro nivel cultural superior.

La lectura del volumen me resultó inusitadamente entretenida. Rápidamente, me hice cómplice de Andrew Harlan, y viajé por el tiempo junto a él, haciendo y deshaciendo a nuestras anchas, generando los más increíbles cambios en la realidad, a tal punto, que me detuve unos instantes en 1947 y en 1954 para asegurarme de que mis padres nunca nacieran.

De inmediato, me hice asiduo de la Ciencia-Ficción, particularmente del producto pródigo de ese señor imaginativo y de grandes patillas blancas, a tal punto que, junto con mi amigo Kowalski, inventamos nuestro propio Pantemporal Normalizado. Ese señor, capaz de producir un libro cada mes (editado, impreso y a la venta incluso), se llamaba Isaac Asimov.

No voy a detenerme contándoles que nació en Petrovitch, en 1920 y que a muy corta edad emigró a Estados Unidos, donde se nacionalizó y todo lo demás. Lo que si voy a decir es que sin duda alguna es uno de los autores más controversiales de la Ciencia-Ficción.

Hay en este mundo, tipos a los cuales se les ha pegado un epíteto. Así por ejemplo, basta mencionar el nombre de Clarke para que uno piense en 2001 y diga automáticamente: ¡Magistral! O mencionar a Philip Dick para que uno diga: ¡Psicodélico! Pero si usted menciona al amigo Asimov frente a más de dos personas, ineluctablemente escuchará tres respuestas simultáneas: ¡Basura!, ¡Prolífico!, ¡Genial!

Ese fenómeno ha sido estudiado profundamente por quienes como yo, influenciados desde casi la niñez por mister Asimov, sueños incapaces de aceptar su decadencia literaria. ¡El hombre terminó más de cuatrocientos libros!

La controversia nace, según parece, del hecho de que mi amigo Asimov dio a luz una cantidad considerable de buenos libros. Entre ellos cuento la Trilogía de la Fundación, nombre con que ahora se conoce una serie de tres libros sobre una hipotética sociedad galáctica. Esta trilogía, ganadora del premio Hugo en l966 a la mejor serie de Ciencia-Ficción, está formada por los libros: Fundación, Fundación e lmperio y Segunda Fundación. También se cuentan entre sus buenos libros Los Propios Dioses y El Fin de la Eternidad, mi novela de Ciencia-Ficción favorita.

Pero también dejó escapar de las bolsas de basura una cierta cantidad de obras que no igualan a las que mencioné ni en lo más remoto. Tanto sus temas, como sus tramas, como su lenguaje son de una calidad inferior. Particularmente en los últimos años, en los cuales, bajo el embrujo de un demonio llamado dinero, intentó unificar sus primeros relatos, los de robots, con los de la serie de la Fundación, que de paso, a la fecha ya lleva seis libros; dos de los cuales (Preludio a la Fundación y Fundación y Tierra) son infelizmente mediocres. (Opinión personal que será sin duda ofensiva para aquellos más fanáticos inclusive que yo, y conste que acabo de contar en mi biblioteca un total de catorce libros de Asimov).

Así pues, toda persona sensata, le dirá en torno a Asimov que el hombre era prolífico, y encontrará los enardecidos defensores y afrentantes que le dirán, bien que sus relatos son geniales, bien que son una basura.

Una mañana de Abril del año pasado, recibí una llamada telefónica inesperada. Era mi hermana, que se había tomado la molestia de llamarme para darme el pésame. Mi amigo Asimov había muerto el día anterior.

Hemos querido rendir póstumo reconocimiento a este escritor, que sin duda alguna fue uno de los que más contribuyó a popularizar el género de la Ciencia-Ficción.

Por esto seleccionamos el relato La última Pregunta para ser el plato fuerte de esta edición de La Gaceta de UBIK. Tal vez sea de sus relatos más conocidos, muestra de su estilo ligero, que algunos critican por poco elaborado, pero que a mí, particularmente, me resulta altamente grato.

Es además un cuento interesante por su planteamiento existencialista y su visión prospectiva de la esencia de la humanidad. A pesar de confesarse un escéptico materialista, no son pocas las historias donde Asimov propone el desarrollo mental-espiritual como el ápice por donde la evolución va a dejar escapar su ímpetu incontrolable. La Segunda Fundación es buen ejemplo de ello.

Aquí tenemos a un Asimov preocupado por la trascendencia cósmica. Después que el universo haya alcanzado su estado de máxima entropía, ¿qué pasará? ¿A dónde se habrá ido todo el orden de la célula germinal que dio origen al Big Bang?

Sin ser un relato de alta dureza, La Última Pregunta, nos deja un gusto de reflexión anticipada, incluso a aquellos que hemos dedicado tanto tiempo a esas tareas filosóficas como a la lectura de la Ciencia-Ficción.

 

 

[Gaceta Año 6. Nº 19]   [Índice de Gacetas]   [AVCFF]


© 2000. Todos los derechos reservados.