Mi Recuerdo

por Jorge De Abreu

Me inicié en la ciencia ficción en los oscuros años de la década pasada; allá por 1981. Todo comenzó con un amigo y un libro. Mi amigo, corpulento, entusiasta y obsesivo, me prestó el libro; luego habló durante media hora de las bondades de la trama y en forma algo dispersa comentó la idea que la impregnaba; por último, aunque no al final, explicó qué interesantes horas de lectura había disfrutado en compañía de aquella novela. Como antecedente de interés vital debo indicar que mi amigo, sépanlo ustedes, era un dedicado y esforzado adalid de la ciencia ficción desde los tiempos de nuestra prehistoria, despreocupados homínidos enclaustrados en calurosas aulas de una Guarenas tropical.

Yo era entonces un incrédulo (y todavía lo soy del resto del Universo), recelaba de la ciencia ficción como quien desconfía de un puente inseguro. Había muchos godzilas destruyendo el género, el cielo estaba lleno de platillos voladores, ovnis, pirámides y oráculos de literatura barata que se confundían con la verdadera ciencia ficción y la sofocaban. Y yo, en medio del caos, era un incrédulo. Mi conversión llegó tarde; tanto en edad biológica como en el hecho de que era una buena tarde de Agosto, una de esas que no abundan; como ya mencioné, estaba hablando con mi amigo y la conversación terminó con un libro en mis manos, una oratoria elocuente y una sonrisa cómplice. Nos despedimos, yo con el libro y mi amigo con esa sonrisa de quien sabe lo que está por venir.

En esa época, además de incrédulo de la ciencia ficción, era también un ocioso contemplador del movimiento de los cuerpos, paciente observador de la entropía que tocaba a mi puerta y calmo lector de toneladas de papel. Así que no tuve obstáculos para comenzar, apenas llegué a casa, la lectura de aquel librito. Al principio comencé sin ánimos, pero luego de unas cuantas páginas no pude desprenderme de él; sólo me detenía a comer frugalmente uno o dos mendrugos de cualquier cosa, y volvía con nuevos bríos a continuar la lectura. ¿Qué tenía esa obra, qué era lo que poseía que podía retenerme con tanta fuerza? ¿Calidad? Sí, pero no era el único factor; ni el más importante. En su núcleo magnético esa novelita poseía la magia de la fantasía, el incontenible torbellino de las ideas, el rancio sabor de la historia; esa novela por si sola resumía los sueños, las esperanzas y anhelos del hombre. Luego descubrí que todo el género de la ciencia ficción (y no sólo esa obra) horada en la carne del hombre y saca, palpitante, nuestra inagotable curiosidad; curiosidad por el Universo o nuestra propia esencia. Nociones que están en nuestra mente, que las soñamos en las noches y las sufrimos en cada pensamiento. Esa novela por primera vez me presentó una nueva forma de enfocar al hombre, la ciencia, la literatura... la historia.

Sin dudarlo me enamoré de la ciencia ficción. Como siempre sucede en el hombre: volición contra instinto, en este caso lo instintivo guió mi búsqueda de librerías; de anaqueles llenos de nuevos libros, nuevos lomos con nombres extraños, llenos de ciencia ficción. Hoy, l2 años después, he recorrido un largo camino sembrado de ideas y alma, razón y sensaciones; muchos libros que bordean la frontera de nuestro conocimiento, de nuestros v prejuicios y nuestras esperanzas... Libros que traspasan esas fronteras y nos llevan. a horcajadas a cualquier promontorio desconocido, y sobre esa tierra extraña, extraña pero no menos humana, vislumbramos el continuo de la vida en una sucesión infinita, sin final.

Hace 12 años que leí aquel librito, hace 12 años que se produjo aquel microcambio de mi forma de pensar, que tuvo consecuencias; sin embargo, a ese libro no lo he vuelto a leer desde entonces. Está en mi biblioteca (un ejemplar que luego compré), derechito, un poco amarillo por el tiempo. Luego de tanta ciencia ficción, a veces me pregunto, ¿si lo volviera a leer, sentiría de nuevo la magia? No lo sé. Hoy todavía me maravillo con un buen relato de ciencia ficción, pero son otros tiempos. Tal vez ese libro aún guarde el encantamiento que transformó mi Universo. El libro todavía relumbra en las noches tormentosas llamando esos recuerdos. En su lomo leo dos palabras, once letras: Isaac Asimov. Gracias, Asimov, a pesar de todo, gracias. Te perdono.

 

 

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