¿Otra nota necrológica?
Por desgracia, sí. Y esta vez por triplicado (quien haya leído "Cita con Rama", de A. C. Clarke, acusará el golpe).
No es de extrañarse tanto. La ciencia ficción, bien se asuma como género literario, cinematográfico, como forma de vida, como divertimento de locos y/o cualquier combinación lineal de las anteriores (sin excluir la posibilidad de otras definiciones), nació y creció mecida por los vientos tormentosos de este incipiente siglo XX que prometía tanto para la humanidad, aunque al final pudo demostrarse, como siempre, lo engañosas que pueden ser las apariencias. Ya en los años 60 se podía hablar de ciencia ficción sin que las personas lo miraran a uno como al loco de la cuadra (algunas personas al menos). En consecuencia, ¿qué esperaban ustedes? La inmortalidad, aún hoy, en las postrimerías del siglo, sigue siendo habitante casi exclusivo de utopías literarias, lo cual no exime a sus creadores del destino inexorable (hasta ahora) de todo lo que alguna vez ha vivido: morir. Y ese destino está alcanzando, cada vez con mayor frecuencia y tenacidad, a los pocos sobrevivientes que aún quedan para relatar los comienzos de la ciencia ficción.
Es así como, prescindiendo de todo el show publicitario inherente a cualquier muerte periodísticamente notable (como la de Isaac Asimov, hace no mucho tiempo), hoy lamentamos la muerte de tres grandes escritores de ciencia ficción: Robert Bloch (1917-23/09/94), Roger Zelazny (1937-14/06/95) y John Brunner (1934-25/08/95).
Conocidos para algunos, desconocidos para la gran mayoría, estos tres hombres lucharon encarnizadamente durante al menos tres décadas por divulgar y nutrir un género (en principio literario) que era, al igual que ellos, desconocido para el ser humano común y corriente cuyos hábitos de lectura solían limitarse al periódico, las novelas rosas y las tiras cómicas, cuando existía un hábito de lectura. Contaron, para ello, con muchos amigos y también muchos enemigos. Rápidamente tuvieron que aprender y afrontar que no cualquier lector en los años 40 ó 50 estaba dispuesto a aceptar un género literario que no se limitara a exponer simplemente la realidad cotidiana, sino a criticarla e incluso, qué osadía, a imaginar otras realidades diferentes a la usual.
Su lucha, si bien no fueron los únicos guerreros involucrados en ella y ni siquiera los más notables, ha traído muchos frutos. Entre ellos esto que lees, oh ingrato lector. Pero hablar de los logros de la ciencia ficción, o de las bondades de este género con respecto a otras modalidades de la imaginación humana escapa por completo a las intenciones de este texto, concebido fundamentalmente como una simple nota necrológica.
Así que pasemos a los hechos:
Robert Bloch, nacido en Chicago, USA, es conocido más por sus trabajos en la literatura de horror que por sus aportes a la ciencia ficción. Baste para los lectores incrédulos saber que el guión de Psycho, de Alfred Hitchcock (sí, esa misma en que Anthony Perkins se hizo famoso por su cara de loco) está basado textualmente en la novela de Bloch con el mismo nombre. No se puede decir lo mismo de las secuelas cinematográficas del film, en las que RB (loado fuera) no tuvo ninguna participación. Como consuelo, él mismo escribió sus propias secuelas (Psycho II, 1982 y Psycho House, 1990). Maestro indiscutible en este género, su obra es comparable a la de los grandes nombres, Edgar Alan Poe, H. P. Lovecraft, etc. Como escritor de ciencia ficción, si bien menos notable, su obra fue constante y constantemente meritoria. Recibió el premio Hugo en 1959 por su cuento corto "That hell-bound train".
Hablar de Roger Zelazny, nacido en Ohio USA, es entrar ya en palabras mayores. La lista de premios y reconocimientos obtenida (en vida) por este autor, tanto en el ámbito cerrado de la ciencia ficción como en otras, simplemente no cabría en un espacio tan reducido como éste. Maestro de maestros, su obra ha sido y seguirá siendo influencia casi obligada de las nuevas generaciones de escritores de ciencia ficción, tanto por su calidad como por su amplitud de horizontes. Su estilo, bastante épico, combina en forma acertada e indiscriminada temas mitológicos, religiosos, psicológicos, fantásticos o científicos; sin por ello perder la habilidad de hilar una historia en forma amena, digerible para el común de los mortales. Como obras notables podríamos citar las novelas "Today we choose faces" (1973), "Lord of light" (Hugo 1968); o relatos como "A rose for Ecclesiastes", "The doors of his face, the lamps of his mouth" (premio Nebula 1965), "Unicorn variation" (Hugo 1982).
El film "Damnation Alley" (1977), está basado (dicen los directores y los créditos) en la novela de Zelazny del mismo nombre.
John Brunner, nacido en Inglaterra, fue uno de los precursores y cultivadores de la llamada "nueva ola" (new wave) de la ciencia ficción, surgida durante los años 60 en Inglaterra y contagiada rápidamente a sus compañeros del otro lado del océano. Avalada por nombres como J. G. Ballard, Harlan Ellison o Robert Silverberg, esta nueva corriente pretendía (y aún sigue haciéndolo, por suerte), dar al género una vuelta de tuerca en el sentido estético, rompiendo con los esquemas tradicionales y dejando atrás para siempre a la clásica "space-opera" de los comienzos de la ciencia ficción. Autor prolífico e inquieto, su obra no se limitó al género, incursionando en ocasiones (sin demasiado éxito) en otras formas literarias. Como detalle curioso, buena parte de su obra no fue publicada bajo su nombre, sino con diversos seudónimos. Su trabajó más aclamado, "Stand over Zanzibar", ganó el premio Hugo a la mejor novela en 1969, el British Science Fiction Award en 1970, y el Prix Apollo en 1973. Como detalle (más bien patético), John Brunner muere en Glasgow durante la celebración de la 53ra convención anual de ciencia ficción.
Gran parte de la información contenida en este artículo fue tomada de
"The Encyclopedia of Science Fiction" por J. Clute y P. Nichols.
[Gaceta Año 9. Nº 21] [Índice de Gacetas] [AVCFF]